Josep Pratdesaba: un hombre, una casa y un cielo
Ayer tuvimos la oportunidad de compartir una tertulia en la Fundación Mainel. El tema no podía ser más sugerente: Josep Pratdesaba i Portabella (1870–1967), un vigatano singular que supo unir ciencia, fe y cultura en su vida y en su casa del carrer de l’Escola, 12.
El encuentro estuvo guiado por Juan Antonio Pratdesaba, descendiente de la rama americana de la familia, que comenzó situándonos en la figura de Josep. Hijo de Vic, profundamente curioso y a la vez apasionado por el conocimiento, fue un hombre respetado en su comunidad: trabajador meticuloso, pionero de la astrofotografía en Cataluña y fundador del Patronat d’Estudis Osonencs en 1952. Su biografía nos ayuda a entender que la casa no era solo un edificio, sino el reflejo de una vida entera.
A partir de ahí, el relato nos llevó a recorrer la Casa Pratdesaba:
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La fachada y el jardín
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La planta noble, con salones luminosos, suelos hidráulicos y tertulias familiares que combinaban amistad y cultura.
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La capilla para devoción privada, descubierta en 2022, (aún no está aún abierta para el público).
Tras este recorrido, Juan Antonio nos condujo a lo más singular: el observatorio astronómico. Coronado por una cúpula metálica giratoria construida en 1916, albergaba un telescopio Mailhat adquirido en París, un instrumento excepcional que situaba a Josep al nivel de los grandes observatorios europeos. Desde allí fotografió el cielo y dejó testimonio de fenómenos que conectaban Vic con la astronomía internacional. La inscripción de la cúpula lo resumía todo: “Contemplant les meravelles del cel es veu resplendir la infinita saviesa de Déu.”
La tertulia concluyó con la idea de que la Casa Pratdesaba es un microcosmos: capilla en el sótano, tertulias culturales en la planta noble, y observatorio en la azotea. Fe, cultura y ciencia en un mismo edificio. Y, sobre todo, con la certeza de que el legado de Josep sigue vivo hoy: en la restauración reciente, en la reapertura al público y en el reconocimiento como Vigatà Il·lustre 2025.
Más allá de los datos y las anécdotas, lo que nos llevamos fue una lección sencilla y profunda: aunque seamos de una ciudad pequeña, siempre podemos levantar la mirada hacia el infinito.

















